La Petisa Invisible
Ella andaba por los mismos bares que nosotros frecuentamos por los ochenta: Ser (Café de las Artes) , Pihue Bar y su
continuidad: El Café de Juan, en tiempos en que los revolucionarios de café
pasábamos horas hablando de política y mujeres (más de esto último que de lo
primero) con el clásico pedido de medio vino en verano y media caña en
invierno.
Casi como una cofradía nos juntábamos siempre los mismos, las
juventudes políticas, los universitarios y los artistas.
Ella venía con una
carpeta en la mano y con un señor en la otra, lo que hacía que inevitablemente desviáramos
la mirada en otros horizontes ya que se transformaba en un objetivo prohibido. Y
es que los revolucionarios del café no íbamos por blancos difíciles u ocupados
aunque dicha práctica no era por tener un código de honor sino simplemente por
ser cobardes. Por eso casi ni nos preguntábamos quién era la petisa esa que no militaba, no estudiaba en la universidad ni tampoco
era parte de las peñas, ni arriba ni abajo del escenario.
Un día por el diario nos enteramos quién era. La petisa
invisible era cantante lírica y nos sorprendía a todos anunciando que iba a ser
soprano del Colón. Ahí caímos que
estudiaba canto, participaba en un coro y que su palo era la música clásica,
tema inexplorado por nosotros, oyentes de la trova y el rock nacional, pero que
respetábamos lo clásico por las dudas, como hacíamos con Dios.
Años después en la entrega de los premios Juan Filloy la
convocamos y le pedimos que realizara un bloque cantando junto a los Armonía
Americana, el tenor Daniel Fernández y Jorge Letz al piano, una trilogía de
temas que conservo en una filmación digital como una joya que algún día voy a
subir a you tube.
Laura, como las
golondrinas, siempre vuelve a la ciudad pero, al contrario de ellas, solo espera poder quedarse acá entre nosotros para siempre. Contrariamente a la canción, es una Laura que está,
es una Laura que nunca se fue.

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